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Como si cada día

Por las mañanas te busco
entre las sábanas y tardo
mucho en saberme solo.
Me siento como si encontrara
una llave en un bosque.
El mediodía se planta
con el axioma de que queda
menos para que florezcas.
Entonces la vida se parece a
un telegrama sin estómago,
a una hoguera suspendida
con voluntad de granizo.
Cuando por fin apareces
pierdo toda química con el dolor.
En el cuarto cantan los lápices
que por respeto nunca usamos.
En la cocina ríen las frutas
que ya sin madurez se nos pudren.
Te beso.
Te abrazo.
Y todo pierde importancia,
como si cada día reinventaras
este mundo que nos sufre.

Alquimia

Te doy mi fragilidad
para que la acicales
de mañanas suaves.
Y te la doy a ti porque
sabes que mi vida
ha dormido siempre
entre cartones.
Te doy mi anonimato
para que lo envuelvas
con ciudades utópicas.
Y te lo doy a ti porque
has convertido
en piel dulce
la corteza de mis sueños.
Te lo doy todo.
Te doy incluso las cosas que me faltan.
Y te las doy a ti porque
tu amor es alquimia
y un lugar seguro
donde perderse.

Clínicos, 7

El médico de la bata inmaculada entró en la habitación de Silvia. Dijo buenos días y abrió la persiana sin pedir permiso a la enferma. Lo hizo con lentitud, sabedor de que la brusquedad está reñida con toda acción gratuita. Después, iluminado por el fulgor que salpicaba desde afuera, se dirigió hacia la cama. Silvia lo miraba desde una diversión estrenada, con los ojos achinados y una media sonrisa en su rostro. Parecía la princesa de un cuento grotesco, sin buenos ni malos, un cuento acaso aburrido donde la moraleja reside en que no pasa nada.
- Usted no es médico. Me lo ha dicho un pajarito.
El falso médico quiso sonreír.
Por alguna razón, no pudo.
- Vengo a proponerle algo -dijo él.
Silvia exclamó adelante. Lo hizo con un punto de sobreactuación. El falso médico se sentó en la cama y cogió aire como si el discurso que se disponía a realizar pusiera a prueba su paciencia.
El falso médico explicó que un paciente había ingresado hacía unas pocas horas con claros síntomas de desafecto. Al parecer, el hombre jamás había amado ni había sido amado, y esa vida recalcitrante en cuestiones de cariño le había ocasionado carencias trascendentales a la hora de relacionarse con los demás. Según había explicado el propio paciente, ya no sólo rehusaba el contacto meramente social, sino que empezaba a tener indicios claros de odio hacia toda persona que tuviera una vida amorosa mínimamente satisfactoria. Así que el hombre odiaba a la gente, según un diagnóstico cimentado en claves puramente psicológicas, porque la gente se rendía a los abismos del amor mientras él sostenía una apatía amatoria de tres pares de narices.
- ¿Por qué me cuenta esto, doctor?
El falso médico sintió decepción porque había pronosticado previamente en Silvia una cierta perspicacia. Quiso que su siguiente frase fuese concluyente, por eso dijo:
- A ese hombre, Silvia, nunca le han dicho que le quieren.
En ese momento reparó el falso médico en que Silvia no había recibido la visita del falso repartidor de flores. Y en ese momento reparó también en la belleza que aportan unas flores a la habitación de un hospital. Hay lugares en los que la presencia de un detalle hace que esos mismos lugares sean horribles cuando dicho detalle está ausente. El falso médico echó en falta un ramo de flores como se añora al ser amado cuando se vive a solas una experiencia fuera de lo común, ya sea trágica o magnánima. Silvia, por su parte, parecía abarcar ya la dimensión de la propuesta.
- ¿Ha invitado usted a ese hombre a mi operación?
El falso médico asintió. En los ojos de Silvia creyó adivinar la imposibilidad de un rechazo. Por una de esas concordancias un tanto prodigiosas, los dos tragaron saliva al mismo tiempo. Alguien, desde otra habitación, tiraba en ese momento de la cadena del váter.
- El hombre está encantado con la idea -el falso médico.
Silvia suspiró. Se acordó del momento en que su te quiero quedó atravesado en la garganta. Se acordó del cuchillo que tuvo aquel día entre las manos. Se acordó de la imagen que el espejo le arrojaba, una imagen de mujer vencida que pierde su voz en mitad de una elegía. Se acordó de la comprometida tarea que suponía el quererse a sí misma. Se acordó de tantas cosas que soltó sin darse cuenta:
- Dígale que estoy de acuerdo. A mí también me encantará decirle te quiero a alguien por primera vez.

Clínicos, 6.

- Estas flores son para usted.
Andrés escogía ya a los pacientes por voluntad del azar. Según el número de habitación se metía en una u otra. Ese día traía flores rojas y la habitación tenía el número 218. En una cama junto a la ventana, y con una sonrisa impropia de una persona enferma, Socorro saludó a Andrés como si lo conociera de toda la vida. Le recordó al primo de un antiguo amigo del pueblo, uno que solía usar tirantes. Socorro, allá donde estuviera, nunca perdía la ocasión de sacarle un parecido a todo el mundo.
- ¿Puedo preguntarle quién las envía?
Andrés se quedó mirando a Socorro como si viera en ella a una actriz encarnando a una celebridad muerta. Tenía la mujer un porte que convertía su presencia en un cuadro digno de ser mirado. Le echó unos sesenta años. Dejó el ramo encima de una mesa y le entregó la dedicatoria.
- Es un admirador anónimo – Andrés.
Socorro leyó la dedicatoria y amplió su sonrisa. Andrés le preguntó que qué le pasaba.
- Tengo un regimiento de mariposas en el vientre.
- Que le produce…
- Sí, un cosquilleo incesante.
- Quiere decir que está…
- Sí, estoy enamorada.
Hubo un silencio que Socorro aprovechó para releer la dedicatoria y retocarse el cabello. Andrés, desde el final de la cama, la contemplaba sin pestañear.
- ¿Por qué se las quiere quitar? – Andrés.
Socorro se planteó no contestar. Imaginó a Andrés con tirantes, paseando con las manos en los bolsillos por una plaza de su pueblo. Quizá fue eso lo que le animó a decir:
- Son varias las razones. Yo soy viuda, por ejemplo, y tengo por mi difunto marido un amor que no claudica ni deseo que lo haga. El hombre del que estoy enamorada es mi cuñado, por ejemplo, y sus hijos son mis sobrinos y su esposa es mi hermana la pequeña. Y ese hombre, por ponerte otro ejemplo, es malvado y no me conviene.
Andrés levantó las cejas. Se había sorprendido de lo último.
- Si sabe que es malvado, ¿por qué se ha enamorado de él?
Socorro sonrió con dulzura y miró a Andrés como miraría a un nieto suyo en el caso de que lo tuviera. Dijo lo siguiente:
- Jovencito, a las mujeres nos gusta enamorarnos de los hombres que saben hacer daño.
- No entiendo la atracción que puede provocar un hombre que haga daño – protestó Andrés como si hubiera sido acusado de algo, acaso de bondad.
- Yo no he hablado de hombres que hacen daño; he hablado de hombres que saben hacerlo. Es un matiz importante.
En la habitación entró el médico de la bata reluciente. Andrés pensaba en el matiz importante y no saludó al recién llegado. El falso médico informó a Socorro de que le iban a operar en dos días. Todas las mariposas que tenía en el vientre serían liberadas. Su cosquilleo quedaría eliminado de inmediato.
- Gracias, doctor. Buenas tardes.
- Adiós, Socorro – el falso médico.
Andrés se quedó pensativo. Tosió artificialmente como cuando se quiere decir algo importante. Se dirigió a Socorro.
- Señora, no se lo tome a mal, pero despedirse de usted es como salir huyendo.
Socorro sonrió esta vez con desgana. El falso médico le había recordado a un presentador de informativos. En su estómago, una mariposa aleteaba tras haber esquivado un fármaco que había dormido a todas las demás. Al final de la cama, el muchacho que le había traído las flores le miraba sin parar. Parecía alucinado. Parecía obstruído. Socorro barajó tres maneras diferentes de echarlo de la habitación y curiosamente, una detrás de otra, acabó diciendo las tres.

Prisionero

Vivo dentro; inquieto, fértil,
y no deseo que llegue tu hora visceral
ni que mueras sin llevarme contigo.

Entrañas para mi anhelo.
Penumbra ansiosa de tu libertad.

Muero fuera; manso, estéril,
y anhelo que tu piel y la mía
transparenten sus libres arrugas
para que mueras conmigo.

Esclavo de mi resentimiento.
Quieta luz de tu celda.

Clínicos, 5.

Berta recordó la primera vez que vio la nieve.
Había tenido una ilusión tremenda, unos guantes sonrosados y ocho primaveras ya extintas. Recordó la impresión que le causaron las montañas de lejos, mientras todavía iban de camino, con aquellos pegotes nevados como nata montada por encima de una cordillera de pasteles esparcidos, desiguales. Recordó después el frescor de la nieve sobre sus manos, la reyerta clásica de lanzamiento de bolas, la construcción del no menos clásico muñeco. En aquella edad, el mundo era tan blanco que no había lugar para nada que fuera oscuro.

Berta suspiró y sintió nostalgia de sí misma. Abrigó una tristeza infinita. Sabía perfectamente que su madurez aniquilaba ya toda muestra de ingenuidad, de candor, de pureza. Crecer ha sido ir matando poco a poco a la niña que he sido, pensó. Y la voz del pensamiento le salió tiritando, como entrecortada. Al cabo de un rato deliberó que el recuerdo de la nieve era una trampa que ella misma se trenzaba. Y lo mismo pasaba con otros recuerdos dulces. Lo que Berta descubrió es que fabricaba los recuerdos desde una perspectiva afligida, y por esa razón cualquier experiencia del pasado surgía como un torrente de sensaciones impensable para el presente. Además, Berta pensó convencida que el recuerdo de una experiencia estaba adulterado irremediablemente por todas las circunstancias que lo habían sucedido. Y sobre todo, pensó, lo que más desencajaba a un recuerdo eran las experiencias más recientes. Por eso Berta supo que el lapislázuli le iba a provocar un alud perpetuo de reminiscencias. La privación de un futuro estimulaba una retrospectiva rápida del pasado. Mirar hacia atrás y pensar en lo que había hecho era lo único que le quedaba.

Quiso recordar a su primer amor, pero se dio cuenta de que lo había olvidado. No puede ser, se dijo, nadie olvida a su primer amor. Se sintió angustiada. Se veía privada de algo muy hermoso que le pertenecía. Entonces recordó al señor de la habitación de al lado. Recordó que una vez le habían dicho que corría el rumor de que el hombre robaba recuerdos. Y lo hacía con la mirada. Según decían, te miraba y… ¡zas!, se apropiaba de algo muy íntimo, muy propio y muy tuyo. Berta recordó que una vez habían coincidido en el pasillo, paseando. Se dijeron buenos días o buenas tardes o buenas noches. Y se miraron a los ojos.
- Ha sido él – pensó Berta.

El señor Belima vio entrar a la chica de la habitación de al lado y sintió un estremecimiento. La vio acercarse a la cama donde él reposaba. La muchacha había entrado sin llamar, sin perder de vista el suelo y tapándose los ojos.
- Quiero saber – dijo Berta mirando de reojo un ramo de flores- si usted me ha quitado algo.
El señor Belima se había acostumbrado a que algunas personas no le miraran. Pasaba con aquéllas que conocían su caso y no lo habían olvidado.
El señor Belima miró a Berta con lástima, incluso con un sentimiento paternal que le pilló por sorpresa. Con un nudo en la garganta, casi con ese temblor que gasta quien confiesa algo atroz, soltó:
- Se llamaba Marcos y te colmó de besos.
Berta no dejaba de mirar las flores. Supo que se estaba emocionando cuando, sin apenas oírse, imploró al hombre que robaba recuerdos:
- Siga, por favor. Y exagérelo. Hágalo, se lo suplico, inolvidable.

Clínicos, 4.

A Silvia le dolía la garganta. Le dolía mucho. Había acudido a urgencias el pasado fin de semana y todavía estaba en el hospital. Nadie, absolutamente nadie, la había visitado. Tras efectuarle unas pruebas, los médicos le habían dicho que tenía un te quiero atravesado en la faringe. Los médicos, aquel día, tuvieron las batas llenas de manchas verdes, y Silvia sintió mucha vergüenza cuando fue informada. Sin dejar de mirar el suelo, casi como si fuera una niña, explicó:
- Se me hizo un nudo ahí, en la garganta, y no me salió.
Un medico con la bata muy blanca fue a visitarla una mañana y le animó diciendo que le gustaba la calidad de su dolencia. ¿La calidad?, preguntó Silvia, con más indignación que asombro.
- Ese te quiero que tiene usted me parece formidable.
Silvia tragó saliva. Se hizo daño. Le vino a la cabeza otro adjetivo. El médico con la bata muy blanca le enseñó unas radiografías. Fíjese, le dijo, su te quiero presenta una tipografía esplendorosa, lo cual nos sugiere que usted pretendía decirlo con toda franqueza. Y eso, hoy en día, es admirable.
- No entiendo lo de la tipografía – protestó Silvia.
- Su te quiero evoca a los trazos de la letra tipo Mistral.
- Y eso, ¿qué quiere decir?
- La mayoría de la gente dice te quiero mediante una Times New Roman o una Arial. Son muy pocas las veces en que nos encontramos con otra tipografía distinta, como es su caso, y diversos estudios apuntan a que los tipos de letra poco comunes que adoptan algunos te quiero atravesados derivan de un sentimiento muy profundo por parte de la persona que se disponía a soltarlo.
Silvia tragó de nuevo saliva. Su te quiero con letra tipo Mistral le hizo ver las estrellas. El médico con la bata muy blanca le preguntó:
- ¿Puedo saber por qué no llegó a decir ese te quiero?
En la habitación entró otro médico. Llevaba una sonrisa puesta como si su boca fuera una fotografía. Su bata presentaba en una manga cuatro manchas azules.
- Silvia, -dijo el recién llegado-, mañana le haremos la intervención quirúrgica para sustraerle ese te quiero que tanta guerra le está dando.
Silvia no dijo nada. El médico con la bata muy blanca tampoco.
- Por cierto -prosiguió el recién llegado-, en estos casos permitimos que a la operación pueda asistir la persona que iba a ser receptora de su mensaje. En su caso en particular consideramos que dicho destinatario tiene todo el derecho a recibir el te quiero obstruido. ¿Quiere usted que nosotros mismos avisemos a esa persona?
Silvia tragó saliva una vez más. Gritó de dolor. Estaba ya hasta las narices de su maldito te quiero con letra tipo Mistral. Quiso chillar a los médicos que se fueran a la mismísima mierda, pero el alarido se le quedó atravesado en la faringe junto al te quiero. Miró a los dos médicos. Lentamente.
- Háganme otra radiografía – soltó Silvia-. En mi garganta encontrarán una respuesta que tanto vale para uno como para el otro.

Clínicos, 3.

El diagnóstico del señor Belima era claro: el hombre se apropiaba de recuerdos ajenos.
Había acudido al hospital, hacía ya unas semanas, aquejado de reminiscencias que no tenían nada que ver con él; recordaba momentos que no había vivido y sensaciones que le eran por completo extrañas. Al principio, su estado presentaba cuadros alucinógenos al parecer muy frecuentes, pero después de algunas pruebas que un joven médico realizó con más dedicación que prudencia, este último determinó que el señor Belima, mediante la mirada, era capaz de sustraer un recuerdo de alguien y hacerlo suyo.
El tratamiento: decoro y gafas de sol.
Si el señor Belima continuaba en el hospital era porque aquel primer médico que lo tratara con más acierto que prudencia se dirigió una tarde a su habitación para revelarle, curiosamente, el resultado de las pruebas, o sea, se disponía a darle el alcance de su patología. Pero en cuanto el señor Belima miró a los ojos del médico, le arrebató el recuerdo de lo que se disponía a hacer y de todo lo referente a su caso y el médico olvidó la razón de su visita. Ni que decir tiene que el señor Belima comenzó a recordar en seguida que debía visitar a un paciente que robaba recuerdos para anunciarle su enfermedad. Un paciente que no era sino él mismo. Una enfermedad que no era sino la suya. Así se enteró el señor Belima de lo que le pasaba. Y así lo olvidó el primer médico que lo atendió con más dedicación que prudencia. La situación no estuvo exenta, dicho sea de paso, de una ironía de lo más exquisita.
A todos los médicos que le trataron sucesivamente les sucedió tres cuartos de lo mismo. Era imposible que alguien con conocimientos médicos le recetara un tratamiento que anulara los efectos de una enfermedad sin haber olvidado dicha enfermedad. Todos los médicos del hospital terminaron por olvidar qué le sucedía al señor Belima y, mientras, el señor Belima recordaba constantemente su diagnóstico al sustraer la información acerca de él mismo de las mentes de todos los médicos.
Nadie entiende todavía cómo no se volvió loco.
Como no se le podía dar el alta puesto que era un enfermo que a efectos administrativos… cómo diría, ¿se actualizaba?, su estancia en el hospital parecía condenada a la perpetuidad. Sin embargo, el señor Belima comenzó a cogerle gusto al ejercicio de memorizar vivencias ajenas. Cada vez que venía una enfermera a visitarle, por ejemplo, le miraba a los ojos y en un solo segundo conseguía un recuerdo de ella que, en ocasiones, le extasiaba. Se especializó en la tarea de optar por una etapa determinada en la vida de alguien y, cada vez que robaba un recuerdo, lo hacía con la determinación de escoger previamente imágenes que fueran de infancia o de madurez, de amor o de odio, de viajes remotos o de sosegadas tardes sobre un balancín y al calor de una tarde de verano.
Su mente, más que ninguna otra, era como una extensa biblioteca.
Una mañana entró un chico en su habitación sin decir siquiera buenos días. Llevaba un ramo de flores que dejó sobre la cama y un sobre que le entregó en mano con la automática osadía de mirarle a los ojos.
- Esto es para usted – dijo Andrés.
El señor Belima le despojó de sus recuerdos de Scalextric de cuando era niño, unos recuerdos que el muchacho no iría a recordar jamás. Mientras el señor Belima le daba las gracias se iba recreando mentalmente con dos pequeños coches que, en la ventura de una curva muy cerrada, chocaban infantilmente para extender sobre una moqueta sus vueltas y vueltas de campana. Andrés miró al viejo sin sospechar que éste estaba evocando algunas tardes de su propia niñez. Apreció en su rostro un estado de beatitud que acaso le resultaba familiar, y se preguntó si en aquel viejo comenzaba ya a vislumbrar esa belleza que hasta entonces había ignorado.

Clínicos, 2.

Andrés redactó la dedicatoria y la metió en un sobre. Salió a la calle y se fue caminando al cementerio. Aquel día eligió un ramo de flores amarillas porque los cordones de sus zapatillas eran de ese color. Cogió el ramo de una lápida perteneciente a un hombre que había vivido bastantes más guerras que él. Andrés miró su foto. Le pidió perdón. Y lo hizo muy en serio. Cuando salió del cementerio con el ramo en la mano se preguntó, una vez más, cómo era posible que nadie sospechara de alguien que sale de un cementerio con un ramo en la mano.
Llegó al hospital y subió a la quinta planta. Se metió en una habitación. Miró.
- Lo siento. Me he equivocado.
Se metió en otra habitación. Miró de nuevo.
- Disculpen. Me he confundido.
En la tercera habitación encontró lo que buscaba. Una chica yacía en una cama con claros síntomas de tristeza. La chica lo miró como si en realidad Andrés no existiera.
- Estas flores son para usted.
En el suelo, cubriendo las baldosas, un jersey descuartizado.
Cuando Andrés, un tanto aturdido, salió de la habitación, un médico que pasaba por allí le cogió del brazo y le dijo:
- Hace tiempo que te observo y sé que no eres repartidor de flores.
Andrés no pudo no quiso no supo mirarle a los ojos. La bata del médico estaba intachable. Desde una habitación surgió una carcajada un poco horrenda, casi siniestra. Andrés dijo:
- Usted tampoco es médico.
- Sé lo que estás haciendo y hay algo que no me parece bien.
Andrés arrugó la frente. El médico, o el hombre que se hacía pasar por médico, le explicó que estaba al tanto de sus imaginarios encargos de floristería. Y lo que no le parecía bien, ni más ni menos, era que Andrés sólo entregara flores a mujeres hermosas.
- Hay más gente que estaría encantada en recibir esas flores.
Andrés abrió mucho los ojos. Estaba dispuesto a escuchar. El médico, o el hombre que se hacía pasar por médico, le soltó un discurso de unos diez minutos. Muy largo, el discurso. Muy largo si tenemos en cuenta de que aconteció en el pasillo de un hospital. En el discurso habló de la belleza, y de la justicia, y del parentesco que había entre ambas, y utilizó términos como amplitud, ceguera, obcecación, rendimiento, humildad. Andrés estuvo cabeceando sin parar. Antes de que se separaran fue preguntado:
- ¿Cómo sabes que no soy médico?
Andrés contestó lo siguiente:
- Lleva usted una bata inmaculada y me temo que no acostumbra a lavarse los dientes.
Cuando se despidieron, Andrés eligió las escaleras para bajar al primer piso y se quedó paralizado entre el tercero y el segundo. Se puso a pensar en lo que había oído en boca del falso médico, y recordó las dos primeras habitaciones que había visitado esa mañana. Las recordó como si fueran esbozos de una pesadilla por tener. Por alguna razón se sintió molesto, disgustado, de igual manera que el falso médico, en ese mismo instante, sentía un disgusto equiparable mientras se miraba los dientes en el espejo del ascensor.

Clínicos, 1.

A Berta le había salido un mineral en el cerebro. Exactamente lapislázuli. Eso le habían dicho los médicos aquella tarde en la clínica. Muy serios, los médicos. Y le habían dicho a Berta que le quedaban entre dos o tres meses de vida. No había fármacos ni operación viable para sustraerle el lapislázuli del cerebro. Tan sólo quedaba rezar si le gustaba rezar y esperar si le gustaba esperar. Así se lo dijeron los médicos. Cuatro en total, los cuatro con manchas violetas en sus batas.
Por eso Berta lloraba sin parar. Porque le habían dicho que se iba a morir, y aunque ella ya sabía que se iba a morir tarde o temprano, le fastidiaba que fuera más temprano que tarde. Era muy joven Berta. Treinta y pocos. Le quedaba mucho por hacer. Y aunque Berta sobreviviera y fuera una ermitaña que se quedara postrada en su casa hasta los ochenta años, por ejemplo, incluso es en ese caso podríamos decir que a Berta le quedaba mucho por hacer. Aunque no hiciera nada, no sé si me explico. El caso es que cuando decimos que a alguien le queda mucho por hacer, no estamos diciendo que esa persona vaya a hacer muchas cosas, sino que esa persona va a tener la posibilidad de hacerlas. Que luego las haga o no las haga es su problema.
Berta se levantó. Se miró al espejo y vio dos tomates delante de su rostro. Tardó cuatro segundos en darse cuenta de que aquellos tomates eran fruto de su llanto; una versión inédita de sus propios ojos. Sabía perfectamente que esa noche no iba a dormir. No se podía quitar el lapislázuli de la cabeza. Nunca mejor dicho.
Se dirigió a la ventana por instinto. Quiso mirar el infinito del cielo como un ejercicio de familiarizarse con el vacío. La negrura de la noche le hacía pensar en su muerte que ya venía hacia ella, y se imaginó a la muerte sin un rostro determinado pero con un traje de apremio y cierto aire de precocidad en los ojos. Los tomates soltaron dos gotitas de un jugo con sabor a desastre. Eran ya las últimas lágrimas. No quedaban más. Berta le preguntó a la luna por qué le había tocado a ella, por qué un mineral con un nombre tan bonito iba a descomponer sus anhelos. La luna debió sentirse bastante incómoda, como si conociera la respuesta pero no quisiera decirla. Unas nubes vinieron a auxiliar a la luna y la cubrieron para que nadie se fijara en su desconcierto.
Berta se dejó caer en la cama. Se puso a recordar su infancia como si quisiera despedirse de la niña que había sido.
Al día siguiente, sobre las doce de la mañana, un chico irrumpió en su habitación con un ramo de flores. Parecía preso de una ansiedad o preso de un nerviosismo o, en cualquier caso, preso de algo.
- Estas flores son para usted -dijo el muchacho.
Berta sonrió después de muchas horas sin haberlo hecho. El chico dio unos pocos pasos y le entregó el ramo como si le entregara un trofeo. Berta lo imaginó aplaudiendo, con una emoción contenida en los ojos y su barbilla tiritando. Luego el chico depositó un sobre encima de la mesita, justo al lado del libro que Berta intentó leer sin suerte la noche pasada. Berta dijo gracias y preguntó que quién había hecho el encargo. El chico, entonces, levantó mucho las cejas y salió de la habitación sin dejar de mirar el suelo, un suelo que por cierto estaba parcialmente velado por jirones del jersey de Berta que ella misma, en un arrebato de madrugada, había despedazado.

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